domingo, 8 de diciembre de 2013

La montaña de ensueños

   Me detengo a mirar esta foto de mi ausente amigo Evelito y me trae gratos recuerdos.
   Se me antoja una vez más conversar con ustedes de esta bella loma de la Isla, Sierra Las Casas, una de las dos que abrazan a la ciudad de Nueva Gerona.
    Disfrutar el ocaso del día a través de sus sombras, de su majestuoso e imponente tamaño, es uno de los regalos que nos ofrece la naturaleza en la islita caribeña del Archipiélago de los Canarreos.
   Más de treinta años viviendo cerca de ella, en el Reparto Abel Santamaría, vecino del parque natural Julio Antonio Mella, es un privilegio.
    Acostado en mi cuarto podía observar a diario las diminutas figuras de las personas que suben al mirador natural de la loma de Gerona.
    Sobre las piedras de mármol gris, allá arriba, se puede visualizar toda la ciudad cabecera pinera.
    Detallar desde la altura el estadio Cristóbal Labra, el Combinado de cítricos, la Fábrica de cerámicas, el serpenteo del afluente del río Las Casas…        
    Subir o escalar Sierra Las Casas formó parte de mis entretenimientos de juventud.
    Allá me iba a liberar tensiones de adolescente, a redescubrir los detalles de mi ciudad natal desde la perspectiva de la altura, descubrir inclusive otros que desde abajo nunca vemos.
    La mayoría de las ocasiones iba solo al monte, aunque casi siempre encontraba personas por el camino o en el mirador, y otras veces  en compañía de amistades o compañeros de estudio.
    En las noches, desde mi cama o parado en el patio de mi apartamento, veía luces de lámparas, linternas o fogatas, de quienes decidían acampar a la luz de las estrellas, más pegaditos del cielo.
   Confieso que nunca estuve una noche allá arriba, aunque sí me cogía la oscuridad bajando su empinado camino.
   Y comento sobre la loma del mirador porque sé de los miles que la han escalado y al leer este artículo se identificarán conmigo y les traerán también gratos recuerdos de la Isla de la Juventud.
   La foto captada por Evelito es la protagonista de esta crónica, porque aunque tirada con royos y revelada en blanco y negro, tiene ese detalle artístico que solo sabemos ver y valorar los que amamos la naturaleza de un sitio que embellece el entorno para soñar y guardar las esperanzas.          Ramón Leyva Morales